Donald Trump es presidente de los Estados Unidos por segunda vez.
Desde 2025, su gobierno ha demostrado un desprecio sistemático por los derechos humanos, por la democracia, por el derecho internacional y por los acuerdos multilaterales.
Trump actúa como lo que es: un magnate oligárquico que llegó al poder y convirtió la Casa Blanca en un negocio más. Un negocio donde el objetivo es crecer, dominar y rendir beneficios a cualquier coste. Y esto no podría estar más alineado con lo que Estados Unidos representa desde los años 50 del siglo pasado: control imperial global, defensa del dólar como moneda hegemónica, dominio de los mercados financieros y bancarios, y apropiación de recursos naturales mediante “negociaciones” forzadas o, directamente, intervenciones militares.
El foco histórico ha sido claro: Medio Oriente y América Latina, con especial énfasis en petróleo y armamento.
Ese desprecio por la soberanía de los pueblos —y esa supuesta “libertad” para intervenir sin consenso internacional— es la forma en que Estados Unidos acumula riqueza global, controla los mercados mundiales y garantiza su supremacía económica frente al resto del planeta.
A eso se le llama neocolonialismo.
Venezuela: un ejemplo más de la barbarie imperial
Ayer, Venezuela fue otro ejemplo de esta barbarie: el secuestro del presidente y de su esposa, bajo acusaciones falsas de narcotráfico, para ser juzgados fuera de su país, en una corte de Nueva York.
Esto no es justicia.
Es piratería política.
Y no empieza ahora.
La raíz histórica: Irán, 1953
La responsabilidad de que esto sea posible viene de lejos.
En 1953, Estados Unidos y el Reino Unido organizaron un golpe de Estado en Irán para derrocar a un presidente democráticamente elegido.
¿La razón?
El gobierno de Mohammad Mossadeq había nacionalizado el petróleo.
No beneficiaba ni a Washington ni a Londres.
¿Les suena familiar?
Décadas después, Hugo Chávez nacionalizó el petróleo venezolano, y desde entonces Estados Unidos no ha dejado de intentar derrocar cualquier proyecto soberano en el país.
Las tácticas del poder: manual del saqueo
1. Mentiras
Repetir una mentira hasta convertirla en “verdad”.
Funciona especialmente bien con redes sociales y medios de comunicación.
- “Atacamos narcotraficantes en el Caribe”(Mentira: eran pescadores)
- “El narcotráfico es el mayor problema de Venezuela y su presidente es narcotraficante”(Mentira: Venezuela no produce fentanilo y Nicolás Maduro no es narcotraficante)
- “El mundo está contra Estados Unidos y debemos intervenir”(Mentira: los países “enemigos” suelen ser los que nacionalizan recursos y aplican políticas sociales que no benefician a corporaciones estadounidenses)
La mentira genera desinformación.
La desinformación genera consentimiento.
2. Eufemismos
Make America Great Again no significa grandeza.
Significa apropiación.
Golfo de México → “Golfo de EE. UU.”
Groenlandia → objetivo estratégico
Venezuela → “presencia petrolera”
Europa, América Latina, China → guerras arancelarias
El eslogan de Trump no es ideológico: es corporativo.
Garantizar que nadie interfiera en que Estados Unidos siga siendo dueño del mundo mediante un capitalismo tecnocrático y depredador.
3. Marketing por encima de valores
Trump no gobierna: vende.
Sus discursos son campañas de marketing que empujan a la destrucción del equilibrio político, social, económico y ecológico global, en nombre del consumismo estadounidense.
Basta encender un televisor en EE. UU.:
consumo, miedo, terrorismo, sionismo, amenaza constante.
El miedo es la herramienta:
miedo al extranjero, al migrante, a la otra raza, a la minoría.
Crear miedo para defender “lo nuestro”.
Ayer mismo, Trump repitió “petróleo” y “energía” decenas de veces, mezclándolas con acusaciones de narcotráfico contra Venezuela.
No es casualidad.
Es el mensaje real.
4. Poder absoluto
Trump gestiona el Estado como una megacorporación.
El poder reside en el CEO.
Por encima de:
- la ONU
- el derecho internacional
- los acuerdos multilaterales
- incluso de sus propios aliados
Las negociaciones con Rusia o la Unión Europea no son diplomacia: son trueques por recursos.
El neoliberalismo se impone allí donde alcanzan sus tentáculos neocoloniales.
Trump no tiene una visión democrática.
Tiene la visión de un dictador capitalista.
El mundo fue educado para asociar dictadura con comunismo.
Hoy es evidente que el capitalismo también puede ser una dictadura.
La guerra por los recursos
Bajo la presidencia de Trump, Estados Unidos ha intensificado ataques en regiones con un patrón evidente:
- Somalia, Nigeria, Siria, Irak, Yemen→ corredores energéticos, petróleo, gas, control marítimo, minerales estratégicos.
- Irán→ uranio, gas natural, posición geopolítica clave.
- Venezuela→ las mayores reservas de petróleo del planeta, oro, coltán y soberanía incómoda.
No se bombardean desiertos vacíos.
Se bombardean reservas.
La guerra no destruye recursos.
Los reordena.
El patrón imperial: castigo a la soberanía
Todos estos países comparten algo más:
- gestión soberana de recursos
- resistencia al alineamiento total
- vínculos con potencias rivales
- modelos económicos no subordinados
El castigo es ejemplar.
No importa el sistema político.
No importan las elecciones.
Lo imperdonable es no obedecer al mercado imperial.
Venezuela: cuando la máscara cae
En Venezuela ya no se disimula:
- “Hacer fluir el petróleo”
- “Administrar temporalmente el país”
- “Reconstrucción bajo dirección estadounidense”
Eso no es diplomacia.
Es ocupación con lenguaje corporativo.
Trump lo dijo sin vergüenza:
“Nos robaron nuestro petróleo”
¿Cómo se roba algo que no es tuyo?
No tiene sentido, pero si se repite lo suficiente, suena a verdad.
La mentira como doctrina.
NOTA5 no es neutral
NOTA5 no separa política de ética.
No separa análisis de posicionamiento.
Llamar a estas guerras “operaciones de seguridad” es mentir.
Aceptar esa mentira es complicidad.
No vivimos en un mundo violento por naturaleza.
Vivimos en un sistema que necesita la violencia para acumular riqueza.
Mientras los recursos estén en el Sur y las armas en el Norte,
la guerra seguirá siendo el método de extracción más rápido.
No es una excepción histórica.
Es la norma.

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