Mientras hoy todos los focos se desvían hacia Venezuela —al secuestro político, al saqueo del petróleo y al robo de tierras ricas en minerales que Donald Trump pretende apropiarse como si fueran suyas— el pueblo palestino vuelve a quedar fuera del encuadre mediático.

No por casualidad.

Por estrategia.

El genocidio del pueblo palestino deja de ocupar titulares cuando otro escenario sirve mejor a los intereses del poder. Es una táctica de guerra política y mediática, orquestada por Trump y por el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, escenificada tras su encuentro de fin de año en Mar-a-Lago, donde los comunicados enviados a la prensa hablaban cínicamente de “paz mundial”.

La hipocresía es obscena.

La realidad, insoportable.

Gaza: aislamiento, exterminio y negocio

Palestina sigue ahí.

Sola. Abandonada.

A comienzos de 2026, el gobierno de Netanyahu prohibió la entrada de más de 30 ONG humanitarias en Gaza, incluyendo a Médicos Sin Fronteras. Esta decisión no es administrativa: es una declaración de intenciones.

El plan es claro:

  • aislar completamente Gaza
  • terminar la ocupación total del territorio
  • exterminar a una población civil exhausta
  • y ejecutar un proyecto económico sobre las ruinas

Mientras se impide la ayuda humanitaria, se pone en marcha un plan de 112.000 millones de dólares para “reconstruir” Gaza como destino de lujo impulsado por tecnología e inteligencia artificial, con el respaldo de las élites económicas estadounidenses. Entre ellas, Jared Kushner, yerno de Trump.

No es reconstrucción.

Es colonialismo inmobiliario tras una masacre.

Europa: neutralidad que legitima al opresor

Lo que más duele —y lo que más indigna— es la neutralidad cómplice de la Unión Europea, y en particular el discurso de su presidenta Ursula von der Leyen, que habla de “transición” y “reconstrucción” como si estuviéramos ante un proceso justo y consensuado.

¿Transición hacia qué?

¿Reconstrucción para quién?

Aceptan de facto un escenario en el que el pueblo palestino no decide su futuro.

Imaginemos por un momento que otro país entra en España, mata civiles, arrasa ciudades, declara que la tierra “siempre fue suya” y, tras la destrucción, anuncia un plan de reconstrucción liderado por potencias extranjeras.

España dejaría de pertenecer a su pueblo.

Eso sería inconcebible.

Eso sería barbarie.

Eso es exactamente lo que vive Palestina.

Dos años de genocidio no bastan

Llevamos más de dos años de genocidio.

Los pueblos han salido a las calles en todo el mundo.

Se han organizado flotillas humanitarias.

El Estado español incluso escoltó una de ellas hasta donde fue posible.

España, bajo el gobierno de Pedro Sánchez, ha sido una de las voces más firmes contra el genocidio.

La Organización de las Naciones Unidas ha reconocido a Netanyahu como criminal de guerra.

Pero no es suficiente.

Estados Unidos e Israel continúan actuando con total impunidad:

matan, desplazan, roban tierras y recursos que no les pertenecen.

Mientras tanto, Europa calla o se esconde tras comunicados diplomáticos vacíos que, en la práctica, se alinean con el opresor.

2026 no será un año cómodo para los verdugos

2026 no será un año fácil para quienes oprimen.

Los pueblos están más informados que nunca —aunque también expuestos a la desinformación—, pero no hay mentira que pueda borrar lo que vemos cada día en medios independientes y testimonios directos.

No es una narrativa cuando ves:

  • a una madre sosteniendo el cuerpo muerto de su hijo
  • a un niño solo, cubierto de sangre, sin padres
  • a familias enteras enterradas bajo los escombros

Eso no se relativiza.

Eso no se justifica.

Eso no se neutraliza.

Quien defiende esa mentira no defiende un Estado ni una causa:

defiende la deshumanización absoluta.

Y frente a eso, no hay neutralidad posible.