Una aclaración necesaria

Esto debe decirse con claridad desde el inicio: NOTA5 no apoya ni justifica el régimen religioso extremo que gobierna hoy Irán. Su autoritarismo, su represión y su instrumentalización de la religión son reales y condenables. Pero criticar al régimen no obliga a aceptar el relato incompleto que borra décadas de intervención extranjera. Ambas cosas pueden —y deben— decirse a la vez.

El Irán que fue antes de la intervención

Antes de que Estados Unidos decidiera intervenir directamente en la política iraní, Irán era uno de los países más progresistas, modernos y prometedores de Oriente Medio. Contaba con instituciones en desarrollo, una sociedad urbana dinámica, avances en educación, derechos civiles en expansión y una clara voluntad de soberanía nacional.

Ese camino se rompió cuando el primer ministro Mohammad Mossadegh, elegido democráticamente, tomó una decisión histórica: nacionalizar el petróleo iraní, hasta entonces controlado por intereses occidentales. Aquello fue imperdonable para las potencias que entendían la región como un espacio de extracción, no de autodeterminación.

La respuesta no fue diplomática. Fue un golpe encubierto.

Con participación directa de la CIA, el gobierno legítimo fue derrocado. Irán perdió su soberanía política real mucho antes de perderla simbólicamente. Ese momento marca el inicio del ciclo que todavía hoy se arrastra.

De la intervención al extremismo

El Irán actual no surgió de la nada ni de una supuesta inclinación cultural al fanatismo. El extremismo religioso fue, en parte, una reacción histórica a la humillación, la injerencia y el control externo. Cuando se destruyen las vías democráticas y se bloquea el desarrollo soberano, lo que suele emerger no es libertad, sino radicalización.

Lo que Irán tiene hoy no se parece en nada a lo que tenía antes de que Estados Unidos “metiera la nariz donde no debía”. El deterioro político, económico y social no es un accidente: es la consecuencia de décadas de sanciones, aislamiento y presión constante.

Dos jóvenes iraníes que parecen dos famosas actoras iraníes. Tehran, 1956 (foto: Mario De BiasiMondadori, Getty Imágenes)

Sanciones, desgaste y estrategia a largo plazo

Desde la Revolución de 1979, Irán ha sido sometido a un bloqueo económico prolongado, reforzado sistemáticamente por Washington y apoyado por Israel, cuyos intereses estratégicos en la región chocan directamente con cualquier Irán fuerte, autónomo y regionalmente influyente.

Estas políticas no buscan mejorar la vida de los iraníes. Buscan debilitar lentamente al país, erosionar su tejido social, empobrecer a su población y alimentar el descontento interno. Es una forma de guerra que no necesita tanques: basta con tiempo.

Este tipo de estrategia no se improvisa. Se planifica durante años, incluso décadas. Se deja que el país se desgaste, que la tensión se acumule, que el régimen se vuelva más brutal y que la sociedad se fracture. Cuando el Estado está suficientemente debilitado, llega la fase final: la desestabilización abierta.

El momento actual: Trump, Israel y la escalada

Bajo el actual marco político marcado por Donald Trump, esta lógica se ha vuelto aún más explícita. La presión sobre Irán se ha endurecido, alineándose de forma directa con los intereses israelíes en Oriente Medio, donde Irán es visto como el principal obstáculo geopolítico.

En este contexto, las protestas internas —legítimas en su origen— se convierten en terreno fértil para operaciones de infiltración, donde actores externos contribuyen a radicalizar el conflicto, introducir violencia armada y empujar la situación hacia un punto de no retorno. Cuando eso ocurre, la represión se intensifica y el ciclo se retroalimenta.

Un patrón que se repite

Irán no es una excepción histórica. El mismo esquema de desgaste prolongado seguido de colapso inducido se ha aplicado antes en otros países. Cambian los nombres, cambian las excusas, pero la lógica permanece: primero se debilita a la nación; luego se justifica su caída.

La conclusión que incomoda

El Irán actual es el resultado de dos fuerzas que se retroalimentan: un régimen interno extremo y una intervención externa persistente. Negar una de ellas es falsear la historia. Pero olvidar que Irán fue castigado precisamente por intentar ser soberano, moderno y dueño de sus recursos, es aceptar la narrativa del poder.

NOTA5 lo deja claro:

Irán no se convirtió en lo que es por accidente. Fue empujado a serlo.

Deja un comentario