El Apartheid de la Arquitectura: De los asentamientos ilegales a la gentrificación global

ilegal settlements in Palestine

La Normalización de lo Ilícito

Los asentamientos ilegales israelíes en Gaza, Cisjordania y Líbano no son «casos aislados» ni «conflictos históricos». Son acciones criminales que mezclan una barbarie de poder destinada a realizar una limpieza étnica del pueblo palestino, así como una limpieza social, urbana y ecológica de lo que una vez fueron países con sus culturas propias, su historia y su diversidad social.

El genocidio que vemos retratado con crudeza en las redes sociales y en las noticias, y el absurdo silencio de las potencias mundiales —salvo excepciones como España—, son la prueba de un sistema criminal muy bien estructurado. Este sistema ha logrado normalizar la expulsión, perseguir y mutilar a quienes no callan. Cuando la Corte Penal Internacional (CPI) tarda en actuar, no es por falta de evidencia, sino por la complicidad de un orden mundial que, desde 1948, ha construido la imagen de una vida capitalista occidental y convertido el despojo en una política de Estado para todos los que «no pueden» y todos los que son «menos» a los ojos del poder.

¿Por qué nos sorprendemos? Porque hemos aprendido a ver esto como «política exterior» y no como un crimen de lesa humanidad. Porque lo percibimos como algo lejano, que no nos afecta, y que por tanto no se compara ni se asemeja a nuestro espacio protegido de ser europeos o norteamericanos. Esa desconexión con el sufrimiento de los demás es exactamente la causa de la impunidad de estos estados y gobiernos que abusan de su poder disfrazado de progreso, de inversión global y de la globalización del capitalismo consumista por encima del ecológico y del humano.

Gaza destruida por Israel

Vista aérea de Gaza destruida, 2023

El Apartheid de la Arquitectura Capitalista Occidental

A lo largo de la historia moderna, hemos construido espacios que invitan a la separación y a la división social del hábitat. No hemos querido evaluar la diferencia; hemos invertido en crear pequeños oasis de lujo, protegidos y seguros, solo para aquellos con el poder de pagarlo, no para todos. Esos condominios y «fortalezas» se han convertido en la imagen de progreso de países que un día fueron colonizados, desestabilizados o destruidos por potencias mundiales occidentales.

Hemos transferido lo que funciona en el espacio común del hábitat occidental a los países que hemos colonizado o seguimos colonizando, borrando la historia local para imponer un diseño de vida estandarizado, frío y funcional al lucro. La «sanitización del hábitat» se ha convertido en una imagen de minimalismo moderno y lujoso que reivindica prosperidad, neoliberalismo y dinero. Poco a poco, hemos construido muros que nos separan cada vez más de los «indeseables» (pobres, indígenas, disidentes) para crear espacios «seguros» y «limpios» para el capital.

Hemos privatizado la vida por encima del bien social, porque solo quienes alimentan el neoliberalismo (trabajadores de élite, inversores) pueden acceder a estos espacios, sobre todo en los países que seguimos llamando «en desarrollo». El pueblo queda relegado a la periferia, a la precariedad o a la desaparición.

Yo he vivido en la India durante largos años y visitado Egipto en varias ocasiones. Esas «ciudades jardín» dentro de las propias ciudades, con nombres de edificios kitsch que simbolizan lujo y ostentación, no eran más que nombres occidentales de seducción y sueños que transcendían la realidad hacia la imagen de una vida que nunca sería mejor, pero que era aspiracional: «Lux Apartments», «Big Heights», «Sun Rise», etc.

Nueva capital administrativa de Egipto en construcción

El Espejo Global: De Gaza a las Favelas

Este modelo no es exclusivo de Palestina, destruida por Israel. Es la misma lógica, sin la barbarie del genocidio pero con otras duras crueldades sociales, que opera en Egipto, donde las nuevas ciudades administrativas desplazan a comunidades locales para dar paso a proyectos de lujo financiados por capital extranjero y a nuevos condominios en El Cairo inspirados en el lujo occidental («The New Cairo»). Son pequeñas «ciudades» autosostenibles y amuralladas en la periferia, fortalezas de seguridad que convierten a los más pobres en el peligro que amenaza al «nuevo Cairo».

Es la misma lógica en la India, con una gentrificación brutal en ciudades como Mumbai, Delhi y Bangalore, donde los slums son «limpiados», así como los lagos secados provocando una destrucción natural catastrófica, para construir torres de cristal para la élite tecnológica y financiera. Son nuevos condominios a precios occidentales que sacrifican a la clase media-alta en hipotecas de por vida y en el círculo vicioso de créditos bancarios que el neoliberalismo occidental normaliza y alimenta, destrozando todo a su paso.

En África, desde Lagos hasta Nairobi, los asentamientos informales son demolidos para dar paso a zonas económicas especiales, ignorando los derechos de los habitantes originales. En América Latina, ocurre lo mismo con las «ciudades fortaleza» en Brasil, México o Colombia, donde los barrios de lujo están rodeados de muros y seguridad privada, mientras el resto de la ciudad lucha por servicios básicos.

En todos estos casos, la arquitectura se convierte en un arma de control social y segregación. No es casualidad que los arquitectos y urbanistas occidentales a menudo diseñen estos proyectos: exportan la idea de que la ciudad es un producto de consumo, no un derecho humano. Esta segregación construye un sentimiento social que se establece año tras año y que se alimenta de otras injusticias para crear todavía más división. Es el caso del casteísmo en la India, que se mezcla con el poder del nuevo rico para imponer, sobre quienes no tienen poder ni voz, una superioridad que se entrelaza entre religión y dinero.

Favelas y torres de lujo en Brasil.

Asumir la responsabilidad de Occidente y reclamar el espacio social local

EE.UU. y Europa no son espectadores neutrales. Son los arquitectos financieros y políticos de este sistema. Su apoyo a la creación de los «dos estados» —que se ha demostrado, sin escrúpulos, que realmente significa un estado sobre las ruinas y la anulación de otro— va acompañado de tratados económicos, privilegios financieros y decisiones globales que han permitido todos los asentamientos ilegales israelíes en tierras de Cisjordania y Palestina.

Aceptar la absurdidad de los planes de «paz» de Donald Trump y sus países aliados es aceptar la normalización de destruir a un pueblo para el beneficio de otro. Y esto no es algo nuevo; la historia nos lo enseña una y otra vez. Lo que no es normal es seguir viéndolo y aceptándolo en 2026.

La influencia en las políticas urbanas globales que priorizan el crecimiento económico sobre la justicia social es brutalmente evidente en Palestina. De una manera o de otra, seguimos colonizando el espacio que no es el nuestro y segregando a pueblos enteros que no somos.

La lucha contra estos asentamientos y este modelo urbano no es solo una cuestión de derechos humanos; es una lucha por el derecho a la vida. Hay que denunciar este modelo, que ha sido silenciado durante décadas pero que encuentra su punto máximo de vergüenza en el poder político del neoliberalismo hoy, con Palestina.

Palestina es la oportunidad global humana de prohibir el robo de las tierras y la expansión de la arquitectura neoliberal, pero también es la oportunidad de revisar los problemas de privatización, explotación y corrupción del Sur Global, explotado y corrompido por el poder occidental, que todavía hoy impone la división social creando una homogeneidad arquitectónica y urbana que normaliza la superioridad de quien tiene más capital sobre quien tiene poco.

Si no nos levantamos ahora, será demasiado tarde. Demasiado tarde para el pueblo palestino, y demasiado tarde para muchos otros pueblos del Sur Global que se verán separados y marginalizados cada vez más por el poder capitalista.

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